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¿Y si de pronto cambian las cosas?
Pongamos que, de pronto, te das cuenta de que todo, al menos algo, ha cambiado…algo tan importante que se hace un todo. Resulta que esto se convierte en un cambio radical… ¿qué hacer?
Te planteas las opciones. Puedes pasar e irte. Puedes adaptarte al “nuevo” estado, a la nueva sensación…a la nueva situación. Valoras intentar cambiarla, volverla a su ser pero, rápidamente caes en la cuenta de que, esto, es prácticamente inviable…
Las carencias te empiezan a afectar. Echas de menos cosas. Muchas cosas. Cada vez más cosas…demasiadas cosas.
Te empiezan a molestar algunas de las consecuencias de dichos cambios. Te haces más intransigente. Comienzas a agobiarte…
Tu afán de supervivencia te hace mirar alrededor e intentar agarrarte a lo que pueda sacarte de ahí. Salvarte de caer en el agujero negro que, seguro, te sumirá en la más absoluta carencia de luz. Pero los agarres brillan por su ausencia…
Estamos ante otra situación nueva…esto no había pasado, nunca habían faltado “agarres”… ¿Qué está pasando?
No quiero pensar que esto sea el fin. Tampoco quiero dramatizar…seguiré esperando…
Os aseguro que no estoy exagerando. Este lugar a tan solo 2´5 Km. de Órgiva, situado en un valle natural repleto de olivos, naranjos y, almendros, bañado por el sol, rodeado de montañas, situado pues en un entorno natural perfecto para calmar el espíritu, relajar el oído y respirar a pulmón abierto, es donde se encuentra el Cortijo Laureles.
Este pasado fin de semana he tenido algo muy importante que celebrar, algo que merecía un fiestorro. Estaba pensando organizarlo en cas cuando recibí un correo de luna, invitándome a conocer su cortijo en La Alpujarra, el Cortijo Laureles.
A pesar de que me encanta preparar fiestorros en casa e invitar a mis amig@s, esta vez decidí aprovechar la invitación de Luna y convocar a todos allí. La verdad es que fue un acierto porque éramos alrededor de 25 adultos, a demás de niñ@s y bebes…yo no tengo tantas sillas!
Sábado por la mañana, todos los amigos avisados, quedamos directamente en el Cortijo. Una vez llegas a Órgiva, giras por el Día a la izquierda, coges la carretera de Tíjola y, 2´5 Km. más adelante está Cortijo laureles.
Nada más llegar, se ve una construcción de planta baja, decorada en blanco y añil, rodeada de olivos enormes y naranjos en la vertiente norte y un enorme prado verde, salpicado de flores amarillas, al sur. Nos ha tocado un día excepcional, solo siento no haberme traído una camiseta de tirantes…hace calor.
Nada más bajarnos del coche, Eduardo sale a recibirnos, nos indica donde pueden ir aparcando el resto de coches y nos enseña el lugar. Nos acercamos al cortijo en si, allí está Luna, que nos saluda con una alegría contagiosa. Huele a gloria, así que me cuelo en la cocina para saludar a Elisabel, la responsable de ese aroma y regente del Cortijo laureles, junto con sus hijos Eduardo y Luna.


Elisabel es una mujer con un marcado espíritu ecológico, con una aparente paz interior y muy buena mano para la cocina…estamos en buenas manos. La pillo en plena faena, dándole vuelta a una preciosa y gordita tortilla de patatas. Conversamos un rato mientras llegan mis amigos y me doy cuenta de que lleva su negocio con mucho entusiasmo, se regocija con el hecho de compartir ese entorno tan privilegiado con el resto del mundo y, se desvive cocinando y preparando para sus comensales. Entusiasmo que comparten tanto Luna, que además de ayudar a su Madre en la cocina y encargarse de las relaciones públicas y el servicio, cámara en mano inmortaliza cada detalle, cada plato, para confeccionar su Web,como Eduardo, su hermano, que hace las veces de guia, camarero...los tres lo llevan todo y hacen un buen equipo.

Ya estamos todos los que finalmente vamos a pasar el día en el Cortijo, que es la idea de Cortijo Laureles, no solo comer e irse como suele ser habitual, Cortijo Laureles invita a pasar el día y disfrutar de los bonitos paseos que ofrece la finca, de la contemplación del paisaje serrano. De manera que, tras tomar una cerveza y unas tapillas, damos un paséo para conocer los alrededores y hacer más hambre (si cabe), a que los niños se cansen un poco y a dar tiempo a que Luna y Eduardo vistan las mesas en el prado.

Vamos tomando asiento, los niños tienen hambre, se han sentado los primeros. Y van llegando platos y platos de cosas muy ricas. Cortijo Laureles ofrece, además de comidas por encargo como migas, potajes, etc., dos opciones de menú. El primero a un precio de 15€ por comensal, consiste en aperitivo, ensalada, plato principal, bebida y postre. El segundo, con un precio de 20 € por comensal, consiste en un menú degustación, a base de numerosas elaboraciones, ensaladas, plato principal, bebida y postre. Nosotros hemos optado por la segunda opción, así que la mesa se ve salpicada por platos de endivias con salsa de queso azul, ensaladas de pimientos asados, rusa , fresca y pipirrana, unos boquerones en vinagre con un interesantísimo toque de limón, tortillas de patatas, croquetas de pollo, unas morcillas deliciosas, chorizos…en fin, variedad de elaboraciones tradicionales con un predominio de verduras y hortalizas que, personalmente, agradezco un montón.








Como colofón de los platos salados, llega el cous-cous con pollo. Como podéis ver, es un menú sano, divertido y que gusta a todos, en especial a los niñ@s que, la verdad, están un poco cansados de que los menús infantiles en los restaurantes y tascas no pase de los macarrones con tomate, las papas con huevo o el san Jacobo. Elisabel piensa en todos esos detalles, no hay duda.
Los postres son igualmente variados y caseros en su mayoría, como un bizcocho de manzana, una Mouse de chocolate, arroz con leche, helados varios, etc.
Y tras el postre y el café, se abren de nuevo el abanico de posibilidades. Para los más sosegados lo mejor es sestear un poco tendidos sobre la yerba y arropados por el cálido sol de la tarde, otros prefieren conversar a la sombra de un olivo y otros, más activos, juegan a un improvisado futbol en el prado.
Un chupito con su brindis, estamos de celebración, y un último paseo por la finca, bolsa en mano, a cosechar algunas naranjas que Elisabel nos ha ofrecido. Antes de marcharnos un momento más de contemplación al cielo, casi rojizo, del atardecer en La Alpujarra, una bocanada de aire para cargar toda la pureza posible y vuelta a casa…volveremos, sin duda, ha sido un día precioso.
Madrid, Madrid, Madrid…
Cambiar de aires de vez en cuando, viajar, hacer turismo es algo necesario para los que consideramos que, la calidad de vida requiere de ese ingrediente, tan importante, que es conocer cada día algo más. Involucrarse en algo más. Comparar. Observar. Vivir nuevas sensaciones…enriquecerse con todo aquello que está ahí a tal efecto.
En mi opinión, las grandes ciudades no son lo idóneo para vivir, por varios motivos. Además de la contaminación, la masificación, y lo lejos que queda la naturaleza salvaje de alguna de ellas, una sola mirada en el metro y te das cuenta de que es del todo paradójico. Mucha gente, pero es fácil sentirse solo. Si observas las personas que, a diario, viajan en metro, te das cuenta de que cada cual va a lo suyo. El metro está cuajado de gentes variopintas inmersas en sus pensamientos, en sus libros, en sus periódicos, en sus mp3. Gentes por lo general carentes de vitamina E...
Sin embargo para pasar unos días, una gran ciudad como Madrid es un destino alucinante. Hay tanta cultura suelta por ahí que apenas te da tiempo a ver una pequeña parte, a empaparte de un 0´2% de todo lo que puedes aprender, engullir, disfrutar de ese mar de posibilidades.
Gastronómicamente hablando, Madrid es una verdadera mina, todo lo imaginable y lo inimaginable se encuentra allí. Además, tiran la cerveza como nadie. En este viaje he descubierto que la cerveza de Madrid es de las mejores que he tenido el gustazo de beber, de degustar, de disfrutar.

Obviamente hay detalles que no me gustan de Madrid, por ejemplo el hecho de que, supongo que debido a la inmensa fauna que por allí pulula, la tónica es desconfiar de los demás. No es mi naturaleza mentir, sencillamente yo no miento (lo considero un acto cobarde y absurdo que acarrea problemas y malos entendidos innecesarios, dañinos y estúpidos), sin embargo he notado incredulidad, desconfianza por parte de algunas personas hacia mi, generalmente hosteleros, del tipo de no “creerse” que vas a volver al hacer una reserva en un restaurante, no fiarse cuando al pedir la cuenta le dices “tenemos 6 cañas, una de calamares y una bravas”, incluso me han tachado de estar mintiendo al afirmar que “esa ración” la he pedido yo…en ese aspecto no me ha gustado Madrid.

Yo suelo viajar con mochila y, en esta ocasión, como en otras, he sufrido un rechazo por parte de los regentes de “sitios caros” quiero decir, restaurantes y demás garitos en los que, nada más abrir la puerta, un señor todo vestidito de “encargado de admisión”, te mira raro, te dice que si no has reservado lo tienes chungo y, al decirle que no pasa nada, que esperas tomando un vino en la barra, parece molestarse por tu decisión…¿no son conscientes de lo cómoda y útil que es una mochila?...

Cierto es que, al transcurrir el tiempo, los que se paran a observar el comportamiento del mochilero (yo en este caso), reparan en que solemos ser gente sencilla, gente amable, gente solidaria…las señoras enjoyadas no se levantan de su taburete para dejárselo a ese matrimonio mayor que toma el vino de los domingos con una de croquetas, los encorbatados no piden “con educación” esa tapa olvidada, los ejecutivos agresivos no ceden su turno de mesa a esa familia con niños desesperados pidiendo sentarse ya…los que valoramos otras cosas, aunque nuestro atuendo no sea ostentoso, si lo hacemos. Eso si, utilizamos mochilas…son muy cómodas. Aparte de eso, con mochila o sin ella, no considero gastronómicamente respetable un establecimiento en el que se obvia el interés gastronómico por el quehacer de dicho garito de los que lo frecuentan, o frecuentamos…no se si me explico. A mi me interesa la gastronomía sobre todo (sobre todo cuando estoy de turismo gastronómico) y, obviamente, si me tratan mal, considero que son unos necios sacacuartos que no merecen el titulo de “gastrónomos”, son para mi por lo tanto, cocinillas sin más…Con fama pero cocinillas, con estrellas pero cocinillas…cocinillas que te “tiran” un fantástico chuletón, unos estupendos espárragos de Tolosa sobre el plato en el que has degustado la tapa de chistorra (lleno de migas), te clavan un pastizal por ellos, después de menospreciarte por llevar mochila, sin embargo no tienen el detalle de ponerte un plato limpio para el primero, dejándote el que venía en mesa, tras la tapa…¿gastrónomos?...sacacuartos!

A toda esta gente quisiera decirles algo…la cocina es un signo de la humanidad, el amor por ella es algo innato en “algunos seres humanos, hombres y mujeres”, algun@s tenemos especial interés por esa faceta, y cierta predisposición a disfrutarla y desarrollarla…pues bien, los que no son capaces de mirar más allá, los que solo ven lo de fuera, los que juzgan tan insensatamente…en mi opinión, son solo cretinos sacacuartos, cocinillas que tratan de enmascarar a todo un arte, un sentimiento, una expresión de sensibilidad, en un negocio con una bonita cara, un oscuro corazón, y unas tripas sucias.
Cada vez que me pasa algo así pienso… ¿y si les digo que yo, en realidad, soy la hermana pequeña de Arguiñano? (la de los dulces no…la otra)
…
Bueno…el problema es que no se mentir…
Y aparte de un chuletón de excelente calidad tirado sobre un plato lleno de migas, una de calamares con 2 vinos a un precio desorbitado, una cerveza de lata a 4´50€ (bueno, es lo normal en los aviones…), 4 chipirones chamuscados por 14€ y algunas “cosillas” más, la oferta gastronómica en Madrid es, sencillamente genial!
Y como muestra, los calamares y las bravas en la Cervecería Cruz, que te asalta a mitad del rastro con su olorcito a calamares, con esos camareros tan eficientes y ese encargado (vamos, el que cobra) tan insoportable y en asintonía total con el buen rollito de sus jóvenes compañeros (o empleados…apuesto a que es el jefe…), sus bravas, esos caracolillos, sus navajas, sus croquetas…total, la cervecita del rastro tan deseada, tan necesaria y tan reconfortante.
Y para seguir y puesto que el día está frío y pide cuchara, este cocido madrileño, y sus dos vuelcos, plato obligado en un día madrileño como el pasado domingo, después del típico recorrido por el rastro, con un frío que pela, en la taberna de la Daniela, como no…
Mención especial me merece el Mercado de San miguel, en el que los puestos habituales de frutos de la tierra y el mar, se han convertido en pequeños bares en los que degustar dichos frutos, junto con excelentes vinos y cervezas. Mariscos, guisos, jamones, embutidos, carnes, ensaladas, panes, dulces…caviar, vodka, quesos, sushi, ostras…lo que se te ocurra se puede degustar allí. Además de demostraciones, charlas, talleres…un gustazo para los amantes de la gastronomía. Eso si, caro, caro, en algunos de los puestos vergonzosamente caro y masificado total, de manera que, según que hora sea, es muy complicado poder saciar las ansias de una manera razonable…
Lo que más me ha gustado y por lo tanto recomiendo, el Barrio de La Latina, Sol, La Plaza Mayor, lo eficaz del metro, lo rica que está la cerveza y la cantidad de cosas que me quedan por conocer en próximas ocasiones…